CARICIAS Y CONTACTO

Piel de gallina

Las caricias y el contacto físico son un fin en sí mismos. La caricia no tiene porqué ser el inicio de un camino; el disfrute de las sensaciones que provoca la hacen válida en sí misma.

El dedicar tiempo al contacto con otra persona ayuda a establecer lazos de mayor intimidad y a confiar. El disfrutar de la piel ayuda a disminuir el estrés y baja los niveles de ansiedad.

La piel, además de ser una barrera que nos protege del exterior, es un órgano social. Millones de terminaciones nerviosas repartidas por todo el cuerpo, nos informan mediante el tacto de lo que ocurre a nuestro alrededor, de las características de aquello que entra en contacto con nosotros y de cómo nos sentimos al relacionarnos físicamente con ese entorno (si nos estremece, si nos hace daños, nos da dentera, nos excita, nos irrita o nos da asco).

La caricia es una forma de comunicación primaria. El contacto físico, siempre que sea consentido y no invasivo, favorece el vínculo entre las personas.

El sistema nervioso se extiende por la piel mediante esa amplia red de receptores sensoriales que informan al cerebro sobre las sensaciones que le llegan mediante el tacto. Cuando la piel se siente agredida, el sistema nervioso se excita y pone a la persona en situación de alerta y a la defensiva. De forma similar, cuando la piel se siente tratada con cariño y cuidada consigue que la persona se relaje y confíe, influyendo en la disminución de la ansiedad.

Parece estar demostrado que las caricias, los masajes y el contacto físico en general (si es agradable y la persona confía) disminuyen la producción de cortisol, la hormona del estrés, lo cual parece favorecer el funcionamiento del sistema inmunológico. Incrementando también la producción de hormonas que favorecen el estado de bienestar como la oxitocina, dopamina y serotonina.

En principio, los leves roces en la piel resultan placenteros de forma generalizada. Esto puede dejar de ser así cuando pensamos sobre ese roce: si tiene connotaciones sexuales o en los compromisos que me puede acarrear ese contacto.

Así, si una persona tiene dificultad en poder confiar y disfrutar del contacto físico (y desea que esto cambie) tendrá que hacer un proceso de autoanálisis sobre qué factores pueden estar influyendo en esa actitud.

A continuación trataré algunos de estos factores que pueden estar actuando. Por una parte, hay que indagar sobre cómo se ha ido construyendo ese patrón de funcionamiento, para después ir introduciendo cambios en la conducta. Ir conociendo las propias limitaciones (miedo, vergüenza, culpa) para ir haciendo pequeños experimentos que ayuden a ampliar la gama de respuestas.

LA PERSONA ADULTA CARENCIADA

Como decía, la caricia es una forma de comunicación primaria; las experiencias que hayamos tenido respecto al contacto físico a lo largo de nuestra vida (especialmente en la infancia) va a determinar nuestra actitud en el futuro.

Desde la infancia, nos encontramos con que socialmente se van a ir restringiendo estas caricias. “No te toques” y “no toques a los demás” van a ser frases comunes.

Las niñas y los niños no entienden este discurso, pues es su impulso natural, pero se va interiorizando el mensaje y restringiendo esa búsqueda de contacto físico, a la vez que se va formando una idea del cuerpo como algo malo (o peligroso cuanto menos) y asumiendo que es inapropiado la expresión espontánea de lo que siente.

Y así se va creando el adulto carencial: culpa y vergüenza.

Incluso el impulso reprimido a tocar puede transformarse en un impulso a fastidiar en una búsqueda de ese contacto negado, sería la ”caricia negativa”; por ejemplo un hombre que no se permite mostrar ternura y afecto a través del contacto físico por considerarlo inadecuado desde su masculinidad puede buscar ese acercamiento a través de la pelea o el empujón.

Progresivamente, en la persona adulta el tocar va perdiendo toda naturalidad (igual pasa con la desnudez) y se convierte en una acción totalmente sexualizada (en el sentido de sexualidad como genitalidad). El tocar se entiende, solamente, como una invitación a tener relaciones sexuales de coito o como agresión.

Así, nuestra sociedad, sobre todo a través de la religión, ha decidido que lo mejor es restringir el contacto físico placentero, y centrarlo en el proceso reproductivo; de forma que todo el componente lúdico de la sexualidad y la sensualidad es denostado y desnaturalizado.

Es cierto que los límites del contacto es un tema complejo, que cada individuo debe indagar en sí mismo en el proceso de autoconocimiento. Exige a la persona estar conectada con sus deseos y necesidades y empatizar con los deseos y necesidades de las demás a la hora de establecer un acercamiento. Además de convivir con las formas y límites que cada sociedad considera adecuados.

Esta construcción sobre la forma de de vivir la estimulación corporal puede acarrearnos una serie de dificultades:

Una tiene que ver con el permiso que nos damos para darnos placer a nosotros mismos; más teniendo en cuenta que es necesario conocer el propio cuerpo para poder disfrutarlo y no esperar a que sea el otro quien me adivine y me de placer.

Por otra, resulta complicado disfrutar del contacto físico sin que éste se sexualice; la manera en que nos socializamos (o simplemente el hecho de que pensemos) determina de forma rígida que contacto se puede tener sin que empiece a tener una connotación sexual-coital.

Y finalmente, cuando hay una relación claramente sexual, ésta tiende a centrarse en los genitales y en la penetración, no observando otras maneras de placer.

CONTACTO FÍSICO Y GÉNERO

Creo que esta última dificultad indicada está muy marcada por la forma de vivir la sexualidad desde el género. Sea por razones biológicas, evolutivas o culturales, el acercamiento al contacto físico desde la masculinidad y desde la feminidad es bastante diferente.

En mi experiencia terapeútica con parejas heterosexuales es un clásico que el varón se queje de que hay poco sexo (entendido como penetración), mientras que la demanda de la mujer en este aspecto se refiere, en general, a que haya más comunicación y una relación que integre más a todo el cuerpo. La exigencia de las mujeres de su derecho al placer, hace necesaria cierta “feminización de la práctica sexual”.

Es preciso que el varón tenga en cuenta las necesidades de su pareja para que la relación sea gratificante para ambas partes (la relación ha de ser gratificante para ambas partes o no será). Por otra parte, en este proceso de aprendizaje ampliará su gama de recursos para dar y recibir placer.

Cómo no, esta mirada centrada en el coito influye en gran medida en las relaciones entre personas del mismo sexo. Las mujeres que tienen sexo con mujeres y los hombres que tienen sexo con hombres están condicionadas por este hecho admitido de forma generalizada de que es preciso meter algo en algún sitio para tener una buena relación sexual y que, además, esta conducta es invariable.

Una vez más tenemos que observar que esta división se basa en un modelo centrado en el placer del hombre heterosexual y una descalificación de lo femenino.

Pues esa es la cuestión, que además de meter y meterse órganos y objetos por las diferentes cavidades del cuerpo existen otras formas de darse y dar placer, que no es mejor (ni peor) penetrar a que te penetren, que no es preciso meterse nada para disfrutar sexualmente, que hay diferentes zonas erógenas en el cuerpo a explorar y estimular.

ASPECTO PRÁCTICOS PARA EXPLORAR EL CONTACTO

Para que el contacto con otra persona sea gratificante es importante empezar por conocer el propio cuerpo: no tener miedo a tocarse uno mismo, conocer cuáles son las partes más erógenas, más sensibles del propio cuerpo. Qué tipo de estimulación me es grata, con qué presión (más fuerte, más suave), además esto cambiará de unas zonas a otras y también dependerá del momento.

Al no ser la respuesta al contacto algo estable e invariable, requiere estar atento a los sentidos en el momento presente, estar en el disfrute y no interrumpirse con el pensamiento.

Esta indagación del propio cuerpo también se puede hacer directamente con otra persona, pero creo que es adecuado conocerse un poco antes de ir al encuentro con el otro, sobre todo para no dejar en sus manos la responsabilidad de mi propio disfrute.

En la relación con otra persona es preciso crear espacios agradables, íntimos, eróticos y disponer de tiempo para poder estar relajadas (en principio la situación puede provocar cierta ansiedad).

Enfrentarse a la vergüenza que puede suponer hablar de los propios deseos y evitar juicios hacia la otra parte. Preguntar, poder decir que es lo que me gusta y lo que no en voz alta y con detalles.

Dar y recibir, poder transitar por ambos lugares, atendiendo y también dejándose hacer. Darse derecho a recibir y explorar la confianza en la otra persona. Perder el miedo a mostrar la vulnerabilidad. Dejarse estar en el recibir, sin exigencia.

Disfrutar de cuidar, de atender a la otra persona y sentirse causante de su bienestar

Explorar todos los sentidos. Introducir masajes y caricias para explorar todo el cuerpo, propio y ajeno. Tocar y dejarse tocar sin prevención. Algo de técnica, como unos movimientos básicos de masaje sensitivo, siempre ayuda.

El sexo es importante, pero el amor, el cariño, el afecto,… es fundamental.

 

LA MIRADA DEL GATO

La Mirada - copia

“El gato estaba sentado en la oreja del sillón. Aún no había entrado en la sala cuando su cabeza giró instantáneamente y nos miramos fijamente a los ojos. Sostuvimos la mirada como un auténtico flechazo, y tras unos segundos, cada uno siguió en su tarea, yo comiendo un plátano y el gato lamiendo sus patas y acicalándose los bigotes”.

A los pocos días de nacer, siendo bebés, utilizamos la mirada como la primera herramienta de la que disponemos para generar un contacto con el otro. De esta manera sentimos que estamos en el mundo. Hay alguien que nos atiende y atendemos a su vez a otra persona. La sutileza que se nos va revelando al utilizar nuestra mirada nos lleva a la comunicación, y a través de ello podemos mostrar cómo nos sentimos y qué necesitamos del otro. Esto que resulta tan sencillo y normalizado, es nuestro instinto social, de supervivencia, de generar vínculos.

La mirada que nos sirvió para relacionarnos con nuestros padres, nuestros hermanos, nuestros amigos, llegada la adolescencia nos descubre otra manera de contactar con el otro, lo que denominamos como “el gustar”. Esto sucede cuando al mirar de manera aleatoria o intencionada a una persona nos damos cuenta de que nos atrae, como la polilla a la luz, sin saber por qué, sin razón, pero ya la hemos visto, no hay vuelta atrás, la mirada ha despertado al instinto del deseo.

¿Y cómo hacer para que la otra persona sepa de mí, de mi atracción por ella? La buscamos con la mirada y esperamos que esta sea correspondida, fijada, durante unos segundos, los necesarios para darnos cuenta de que somos correspondidos o no.

En ocasiones otros factores perturbadores del instinto nos bloquean y hacen temer la negativa, y es ahí donde la mirada nos delata, la agachamos y evitamos que la persona deseada se cruce en nuestro campo visual. “Oh, ya nunca podré conseguirla”, y es ahí donde la otra persona puede sorprendernos con la búsqueda de nuestros ojos, nuestra mirada y ese gesto particular que la hace bella.

Pienso que aún hoy hay instintos del ser humano por descubrir y que no somos capaces de comprender. Desde mi adolescencia hasta mi actual adultez he ido examinando un instinto particular y que noto agudizado en hombres homosexuales, “la mirada del gato”. Es la capacidad innata de saber que aquel hombre, justo aquel que está entre la multitud, o aquel que se acaba de subir al autobús, o el profesor particular que te da clases de historia del arte, es homosexual. Y aún más, ese hombre también sabe que tú lo eres. Y es ahí donde se fijan las miradas, apenas medio segundo, y ambos sabéis que hay alguna posibilidad de haber algo entre los dos.

Como toda mirada social, para relacionarnos y comunicarnos, son las sutilezas, la duración, el gesto particular, los que nos indican si hay algo más que un darse cuenta, si hay atracción, deseo, y quién sabe, amor.
Esto no quita que, como cualquier persona de cualquier orientación sexual, haya una búsqueda activa del otro por una necesidad imperante de encontrar alguien con el cual entablar una amistad, una relación sexual o una pareja. Aquí estaríamos hablando de otra cosa.

Así que ya sabes, tan solo hay que atreverse a levantar la mirada del suelo, fijarla al frente, y dejar fluir a nuestro instinto utilizando “la mirada del gato”.

YO NO NACI PARA AMAR

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Como dice la canción de Juan Gabriel, hay personas que crecen sintiendo que el tema de la pareja no está hecho para ellas; alguien que se ve fuera del sistema de relaciones habitual (chica-chico se buscan) interioriza la idea de que el tema del amor y la pareja no le va a tocar.

 Algo que en la mayoría de los heterosexuales se vive como normal, como parte del proceso de desarrollo vital (tendré pareja y formaré una familia), entre las personas que forman parte del colectivo LGTB aparece muchas veces como algo imposible; de modo que cuando nos damos el permiso a vislumbrar que eso puede ser real también para nosotros nos parece increíble.

 Durante mucho tiempo la opción de un amor romántico ha sido invisibilizada, no teniendo acceso a modelos de referencia.

Si nos fijamos en el cine,  que es un instrumento de gran alcance en nuestra época para transmitir valores y modelos de comportamiento, vemos que hasta hace bien poco todas las personas homosexuales que aparecían (más hombres que mujeres, y sin espacio para la transexualidad) acababan bastante mal, fomentando la idea de que la homosexualidad solo puede llevar al sufrimiento, la maldad y la locura.

 Por eso creo que es fundamental que desde todos los medios posibles se transmitan modelo de relación y de vida positivos para nuestros adolescentes. Es de agradecer que se hagan bonitas y románticas películas de amor que animen y den alegría y esperanza de una vida feliz para las nuevas generaciones.

 Muchas veces, cuando después de grandes esfuerzos decidimos compartir lo obvio con la familia  (primero se hacen los locos, luego lo “aceptan“, más bien se lo comen); suele darse una sutil tendencia a dirigirnos o condenarnos a la soltería.

 Si suele costar aceptar la “declaración” de homosexualidad, aún les cuesta más vernos como sujetos sexuales que mantienen relaciones con personas del mismo sexo; eso ya entra menos en sus cabezas y en general, apoyan bastante poco las posibilidades de tener parejas.

 Aunque a nivel formal es cierto que en poco tiempo las cosas han cambiado muchísimo, hay que tener en cuenta que hay formas sutiles de homofobia que siguen actuando y condicionando la vida de las personas LGT.

 Respecto al tema que estamos tratando es interesante observar la reacción, el espacio, la valoración, la aceptación, ante una pareja del mismo sexo,  si lo comparamos con el que se daría a una pareja del sexo opuesto (cenas, celebraciones familiares, visitas al hogar familiar, comentarios a amistades, etc., etc., y etc.). Obviamente, el esfuerzo que se hace por integrar esta persona en la familia no suele ser el mismo.

 De hecho, parece que el lugar más adaptativo que nuestra sociedad nos ha dejado es la Iglesia (lo cual choca con la actitud de ésta hacia la homosexualidad); es el refugio natural para hombres y mujeres que no van a optar por una vida en pareja heterosexual dedicada a procrear y a los que se quiere ver y/o convertir en asexuados.

 Desde la carencia, la necesidad y adoración por el amor romántico aumenta; como en todo, cuando alguien cree que no va a tener acceso a algo más lo idealiza y lo desea, … y más está dispuesto a dar.

 Así, cuando alguien cree imposible el amor (no cuenta el amor a la humanidad que nos ofrece la religión) y consigue acariciarlo, puede que se sienta tan agradecido por ese pedacito de felicidad que lo de todo;

 Aquí aparece un nuevo peligro, esta idealización del amor y el miedo a perder lo que parecía imposible d conseguir, puede hacer a la persona que ama muy vulnerable respecto a la persona o personas en las cuales deposita su amor.

 En el momento que pongo mi felicidad en manos de otra persona le doy un excesivo poder y puedo caer en una dependencia ciega que puede también llevar al sufrimiento.

 La idea es buscar relaciones afectivo-sexuales desde una posición de mayor seguridad en uno mismo, no tanto desde esa necesidad que hace a la persona dependiente.

No soy media naranja buscando otra media, soy una naranja entera que puedo sostenerme sola, y que prefiero estar con otra/s naranja/s.

 Si me siento más seguro, idealizo menos a los otros y los bajo del pedestal.

Aprender a quererme para querer desde la igualdad.

Aprender a estar solo para no caer en la dependencia absoluta.

PENETRACION

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La penetración en las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo no es una práctica necesaria en absoluto y, menos aún, debe ser obligatoria.

Lo que se pretende con este enunciado es que nos paremos a cuestionar el papel que tiene esta práctica en nuestras relaciones sexuales. Si cogemos como referencia el modelo de sexualidad patriarcal parece imprescindible que para que haya una relación sexual se debe dar el coito.

Desde una perspectiva estrictamente biologicista, el fin único de la sexualidad es la reproducción.

Esta óptica, que es la utilizada por todas las religiones patriarcales  y que, curiosamente, es la que considera el comportamiento sexual humano idéntico al del resto de las especies animales, no ve más allá del coito.

En el imaginario masculino heterosexual parece imprescindible que se meta algo en algún sitio. En las relaciones entre mujeres no se concibe que pueda haber relación si no se introduce un sustituto del falo y en las relaciones entre hombres uno debe ser el que la mete y otro el receptor.

Como ejemplo de esta visión, resulta curioso un capítulo recogido en el libro de Arturo Arnalte “Redada de violetas” sobre la represión sufrida por las personas homosexuales durante el franquismo. En un apartado se refleja el estupor de un estudioso de la homosexualidad de la época al ver cómo los homosexuales masculinos, segregados en cárceles diferentes según fuesen considerados pasivos o activos, transmutaban su condición para así poder fornicar.

Esta estupefacción tiene que ver con una visión coital de la relación sexual; no teniendo en cuenta tampoco, algo fundamental: Lo que define la orientación sexual es el sujeto de deseo, no la práctica concreta.

Si abandonamos este modelo y nos acercamos desde la mirada de la sexología moderna las cosas cambian.

Desde su punto de vista, la sexualidad abarca mucho más que el hecho reproductivo; es una parte de la personalidad y, como tal, tiene tres dimensiones que interactúan creando una unidad:
                                                   Dimensión bio-psico-social.

La sexología define tres aspectos desde los cuales abordar el hecho sexual: los aspectos reproductores, los aspectos placenteros y los aspectos de comunicación.

Las dimensiones psicológica y social están mediatizadas por la cultura y tiene como objeto el placer y la comunicación. Para el desarrollo de estas dos dimensiones, el coito no es, necesariamente, el mejor medio.

Para el desarrollo de la vertiente psicológica, que se refiere a descubrir que es aquello que nos proporciona satisfacción a nivel sensorial, habría un amplio espectro de medios relacionados con el mundo de las sensaciones, emociones, fantasías,…

Para la comunicación, lo preciso es que exista un código común entre las personas que se están relacionando que permita el entendimiento y el intercambio.

Desde este planteamiento, la penetración no es imprescindible en las relaciones sexuales que no tiene como fin la reproducción. Muchas veces supone, únicamente, repetir el esquema heterosexual patriarcal biologicista.

LIGAR

PAREJA 2

Lo primero que debemos tener en cuenta al tratar este tema es cómo suele ser el proceso de aprendizaje de la mayoría de las personas homosexuales e intersexuales durante la adolescencia.

Obviamente, el sentirse fuera de la norma, el que no haya lugar para expresar nuestra orientación ni deseo, hace que resulte complicado, y a veces imposible, experimentar de una forma natural durante esta etapa.

Las personas que se mueven dentro de la heteronormalidad viven la adolescencia como una etapa de experimentación y aprendizaje en lo relacionado con la sexualidad (conocimiento del propio cuerpo, relación con las personas del sexo contrario, compartir experiencia con los del mismo,…), poniendo en práctica rituales de cortejo y apareamiento que les sitúan dentro de la norma social.

Reconociendo que, en general, la adolescencia puede ser una etapa de dificultad para todas las personas, parece obvio que para nosotros y nosotras esta dificultad se eleva al cubo, por lo menos.

Aunque actualmente, gracias a la mayor apertura y posibilidad de comunicación que suponen las redes sociales, las personas pueden compartir sus circunstancias personales; lo cierto es que el entorno más próximo, de gran importancia referencial para la adolescencia, sigue siendo bastante hostil a las tendencias sexuales disidentes.

La adolescencia LGT suele trascurrir manteniendo en soledad nuestra condición y nuestro deseo; culpándonos y negándonos, una vez más, el derecho a disfrutar del contacto físico.

La falta de normalidad con que vivimos la homosexualidad hace que muchas veces las primeras relaciones no se vivan de forma relajada y normalizada, no se hable de ello con el grupo de iguales, se sienta culpa y sentimiento de exclusión.

En fin, la adolescencia de las personas que nos situamos en estadios sexuales no convencionales conlleva unas dificultades extras, o por lo menos diferentes, a la de las personas que están dentro de la norma.

Esta clandestinidad a la hora de abordar todo lo relacionado con la sexualidad y las relaciones hace que el modelo normalizado no sea un referente para nosotros y nosotras. Necesitamos otros tiempos para asumir nuestra identidad, para buscar nuestros espacios donde relacionarnos, para transitar y probar diferentes formas de relación fuera de la norma,…

Como históricamente lo que se ha pretendido es apagar nuestra identidad, nadie ha hecho nada por crear espacios para que la juventud sexualmente disidente pueda desarrollarse. La inexistencia de estructuras de aprendizaje hace que vayamos experimentando cómo y dónde podemos, generalmente con poco apoyo y sin referencias.

Así, que del mismo modo que esa sociedad que nos reprime, descalifica nuestros espacios de relación, nosotros introyectamos sus valores y también los descalificamos.

Por eso creo que es preciso legitimar y valorar en su justa medida las formas de contacto a las que como minoría hemos sido relegados tradicionalmente. Bares, cuartos oscuros, cines porno, saunas, páginas de contactos, parques, baños públicos…, han sido, durante mucho tiempo, los únicos espacios a los que hemos tenido acceso.

Hemos de tener en cuenta que la elección de espacios de relación en los márgenes no ha sido nuestra, es lo que quedaba libre, y que somos las personas, con nuestra actitud, quienes hacemos dignos o indignos los espacios. Y me parece especialmente necesario remarcar esto para que no olvidemos que las personas con las que nos relacionamos en estos espacios son tan dignas como nosotras cuando acudimos a ellos.