NORMAS Y LÍMITES EN LA INFANCIA

Oscar Bendicho

T 34 minimalismo

Pegar, morder, empujar, arañar… son reacciones habituales en la primera infancia y no existe razón para alarmarse. En su conducta no hay mala intención ni violencia. Aunque esto no significa que deba pasarse por alto. Tienen que aprender –y cuanto antes, mejor- que semejantes acciones son inaceptables y no pueden hacer de ellas un hábito.

Para pararle los pies a un/a niñ@ que suele pegar o morder, primero hay que saber qué es lo que le induce a portarse así. Según cual sea la motivación, la estrategia cambia.

En el segundo año, l@s niñ@s están inmersos en la llamada edad de las rabietas, y esto significa que su estado de ánimo es muy voluble. En esta fase, l@s niñ@s se enojan y enfurecen enseguida cuando no consiguen lo que quieren, bien sea por culpa de otr@s o por sus propias limitaciones.
Como todavía tienen dificultades para comunicarse con fluidez, no es extraño que utilicen manos, uñas y dientes para manifestar su enfado a l@s demás.

No debemos reprimir sin más los sentimientos de ira o frustración. Lo que sí hay que hacer es censurar esa manera inadecuada de expresarlos, explicándoles que es natural que se sientan mal y que comprendemos su enfado, pero que no han de reaccionar pegando o mordiendo a otros.

Algunas agresiones se pueden prevenir fácilmente. Si notamos que el/la niñ@ está realmente enfadado o a punto de atacar, no esperemos a que se líe a golpes para actuar. Antes bien, tendríamos que intentar ayudarle para que se calme, quitando hierro al asunto y procurando distraerle con otra cosa.

L@s niñ@s de esta edad son egocéntric@s por naturaleza y disfrutan sintiéndose el eje de todas las miradas.

Si sospechamos que nuestr@ hij@ está buscando notoriedad con sus ataques, lo que habría que hacer es justo lo contrario a lo que él/ella espera: si vuelve a pegar, debemos procurar ignorarle y desviar todo el interés hacia el otr@ niñ@. Por el contrario, amenazándole o riñéndole a voces, vería cumplido su objetivo y nosotr@s estaríamos reforzando precisamente aquello que pretendemos evitar.

En ocasiones, puede que el/la niñ@ realmente se sienta desatendid@ y esa actitud llamativa sea una manera de pedir que la familia le dediquen más tiempo (esto puede ocurrir, por ejemplo, tras la llegada de un hermanit@). Lógicamente, siempre se ha de responder a esa demanda (jugar más a menudo con él/ella, reservarle a diario un tiempo en exclusiva; darle muchas muestras de cariño, etc.) pero no como respuesta a la agresión que acaba de cometer, sino en cualquier otro momento del día. El mensaje que tenemos que transmitirle es: no necesitas pegar para que te hagamos caso.

Aunque busca la compañía de otr@s niñ@s, aún no sabe jugar en común, ni compartir, ni ponerse en el lugar del otro, lo cual dificulta estas primeras relaciones sociales y origina continuas disputas. De nuevo, la falta de soltura lingüística es una gran limitación. A veces, si un/a niñ@ tira a otr@ del pelo o le golpea con la pala no significa otra cosa que: “Quiero jugar contigo”. O bien: “Puedes sentarte a mi lado, pero no pienso dejarte mis cosas”.

La familia y educadores deben estar siempre alerta: supervisar su juego, intermediar si se pelean, pacificar al que se irrita, amonestar al que pega,… Lo que puede ser útil con chavales mayores –quedarse al margen para que aprendan a solucionar sus problemas- no vale a esta edad. Primero porque pueden lastimarse. Segundo, porque, si un/a niñ@ muerde para recuperar su triciclo y nadie interviene, creerá que su comportamiento es correcto y que puede seguir haciéndolo. Para que esto no ocurra, hay que indicarle, sin rodeos, que eso no está bien y darle alternativas: “Déjale el triciclo un rato; luego podrás montar tú”… Como no siempre funciona a la primera (en realidad, casi nunca), si se obstina en agredir, no habrá más remedio que separarle del grupo. Y, al día siguiente, darle otra oportunidad.

Siempre que la criatura haga daño a otra persona, las madres y padres deben dejar claro que no toleran esa reacción:

Inmediatez
Cuanto más pequeñ@ sea, más importante es llamarle la atención en el acto. Es absurdo regañarle diez minutos después de la agresión.

Claridad
Hay que ser breves y no andarse por las ramas. Nada de: “Pero hij@, ¿por qué le has pegado? ¿Es que no podéis jugar sin pelearos?”, etc. Es mucho mejor un rotundo No quiero que vuelvas a pegar.

Firmeza
No hace falta gritar ni perder los estribos. Basta con mostrarse serios y convencidos de lo que decimos. Si en el fondo nos hace gracia su comportamiento (“Qué bien se defiende el solito”), el mensaje es equívoco.

Coherencia
Por muy mal que se porte, no le demos nunca un azote. Hay cientos de razones en contra. Además ¿qué sentido tiene pegarle para enseñarle que no debe pegar?.

Constancia
Reñirle de cuando en cuando no sirve de nada. Al contrario, genera confusión. Cada vez que vuelva a agredir, y tantas veces como sea necesario, hay que repetirle la misma idea: “No debes pegar”.